Crecer en el amor

por Julio Bernaldo de Quirós

Nacemos para el amor, nacemos con la capacidad de amar, solo el amor logra hacernos plenos, el “vínculo de la Perfección” (Col 3, 14). Sin embargo, no nacemos amando, no es algo que se nos dé por generación espontánea o por el mero paso del tiempo. Es un camino de aprendizaje que exige tiempo y esfuerzo. Exige que permanentemente elijamos amar, Y en ese camino voy creciendo cuando me animo a ir dando ciertos pasos superadores: 


Primer Paso: el niño 

El niño solo pide, no da. Con el pasar del tiempo nos empieza a dar sonrisas, responde a nuestros mimos, pero el centro de su vida es claramente su propia persona. El objetivo primordial de la educación Inicial, es que el niño pueda incorporar a otros a sus juegos, que pueda aprender que jugar con otro es más divertido que jugar en soledad. Que de a poquito pueda incorporar la idea de compartir, a su realidad. 


Segundo paso: los primeros amigos 

Así, el niño irá compartiendo la vida y los juegos con sus primeros amigos, que serán los más parecidos a él. Se rodeará de amigos con sus mismos gustos, con familias parecidas, con quiénes va a poder jugar a lo que él quiere, porque sus amigos quieren lo mismo que él. Esto se observa con claridad en los “rincones” de la salita de Jardín: en un rincón se juntarán los que quieren jugar a la cocina; en otro rincón los que gustan de leer cuentos; en otro los que prefieren dibujar o pintar. Así el niño descubrirá que el otro es importante, pero el centro sigue estando en sí mismo y en sus gustos.


Tercer paso: los amigos diferentes 

Ya entrando en la adolescencia, el joven está invitado a relacionarse con chicos diferentes, con otros gustos, de diferentes procedencias, de diferentes niveles sociales. El desafío es “cruzar la barrera”. Salir de lo conocido y animarse a incursionar en estas personas diferentes a él. Empezar a descubrir que lo diverso, lejos de menoscabarlo, lo enriquece, le abre la cabeza a nuevas realidades, lo ayuda a ponerse en el lugar del otro. Empieza algo totalmente nuevo: ceder sus gustos en función a los gustos de otro. Ya no juega solo a lo que a él le gusta, sino que es capaz de dejar su juego preferido para agradar a otro que tiene diferentes intereses. Tal vez el límite de estos vínculos se da cuando se enfrenta a diferentes valores.


Cuarto paso: el otro sexo

Luego de haber incorporado a su vida el crecimiento que le otorgó abrirse a personas diferentes, se abre a la mayor diferencia: el otro sexo. Acá se potencia la aceptación del otro, ya que siempre habrá cuestiones en el otro que nunca entenderá, y ante las cuales solo le queda aceptarlas para poder compartir espacios. Este paso puede terminar en un vinculo amoroso, pero no es solo eso: lo más importante es poder abrir la cabeza a que hay “otro grupo de personas” muy diferentes a él y que, entrar en su realidad, lo enriquece y complementa. La cabeza del joven se sigue abriendo, y cada vez es mayor la mirada puesta en la aceptación del otro diferente, y va disminuyendo la mirada puesta en uno mismo.


Quinto paso: el Matrimonio 

Llega un momento en que descubre que correrse del protagonismo para servir al otro lo hace inmensamente feliz. Así es como “entrena” su amor poniendo sus gustos por debajo de los gustos de su pareja y le regala su vida. Ha llegado a descubrir que valorar a otro más allá que a su propio ser, lo hace inmensamente feliz. Y así es como encara un camino común, de a dos, con alguien diferente, buscado, seleccionado y elegido. La clave siempre será saber ceder. Llamamos noviazgo a la etapa en la que buscamos conocer si estas dos historias son compatibles y se pueden compaginar sin provocarse heridas uno al otro. 


Sexto paso: los hijos 

Solo cuando la persona sabe que puede darse incondicionalmente al otro, a quien ha elegido, está listo para asumir a una personita a quien claramente nunca podrá elegir y tiene que estar listo a recibir “lo que venga”. Si tenemos en cuenta que los hijos nunca son lo que nosotros esperamos, es claro que debo estar entrenado en el amor para poder abrazar al hijo que venga a mis manos, sin ponerle condiciones, sin querer hacerlo una fotocopia de mí. Solo ahí habré llegado a amar a la altura que la paternidad lo exige, en la medida en que mi hijo necesitará ser amado. 


Séptimo paso: dejarse amar 

Llega un momento en que nuestros hijos crecen, y tenemos la tentación de “seguir siendo padres” y hacer todo por ellos. El desafío de crecimiento es dejar que ellos crezcan en el amor y empiecen a hacer cosas por uno. Lo mejor que produce el amor es la multiplicación de amor. Porque fui amado puedo y quiero amar. Pero muchas veces los hijos necesitan que se confíe en ellos, necesitan que les mostremos nuestra fragilidad para empezar a actuar por si mismos. Y esto exige un crecimiento en el amor. Ir dejándolos listos para amar en sus propias vidas y, de paso, ir preparándonos nosotros para recibir la atención y el cuidado que necesitaremos en la vejez. Y un final para los que tenemos fe en la vida eterna ¿Qué es el “Cielo” sino vivir recibiendo el abrazo paternal de Dios para toda la eternidad? Dijo San Juan de la Cruz, “En el atardecer de la vida seremos juzgados en el amor” Tenemos que estar listos para dejarnos abrazar por Dios para entrar en su Reino. Habremos cumplido el fin de nuestra vida: crecer en el amor amando y dejándonos amar. 

Julio Bernaldo de Quirós (con colaboración de Nicolás Santagada)